¿Qué te hace pensar que tú no acabarás en un CIE?

Leemos todos los días alguna noticia de españoles que, en el Reino Unido, son insultados en el metro o en la calle por ser españoles. Exactamente igual que ocurre en nuestras calles con algunos migrantes. De hecho, para muchos españoles que ahora viven allí no está claro que, en cinco o diez años, cuando la salida del país de la Unión Europea se haga realidad, vayan a tener gran parte de los derechos que ahora, más o menos, tienen reconocidos. Derechos básicos como los subsidios, ayudas a la vivienda o acceso al sistema de salud. Son derechos que hace diez años estaban asegurados para todos los habitantes de la Unión Europea y ya no lo están. ¿Qué nos hace pensar que los mismos españoles que ahora están en el Reino Unido no estarán dentro de diez años en un Centro de Internamiento de Extranjeros de Londres sin derechos civiles esperando a ser deportados?

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Ahora mismo, la idea de que nosotros o nuestras primas y hermanas acabemos en un Centro de Internamiento no parece real. Pero los españoles que durante la II Guerra Mundial murieron en un campo de concentración o en un campo de refugiados en el sur de Francia nunca pensaron que su final iba a ser ese. Los sirios que se ahogan en el Mediterráneo intentando llegar a Europa imaginaban una vida tranquila en su ciudad, con su familia y vecinos. Los migrantes que hoy realizan una huelga de hambre en Aluche para reclamar mejores condiciones y la libertad no esperaban, cuando emprendieron el viaje hacia España, que aquí les iba a tocar estar en una cárcel sin haber cometido ningún delito.

Nada ni nadie nos puede asegurar que nuestro bienestar o nuestros derechos vayan a durar para siempre. La ignominia de los CIES, en los que cientos de personas carecen de derechos y de seguridad jurídica, con la amenaza siempre latente de ser despertadas por la noche para ser arrojadas por un desconocido en un avión que te devuelva a un país del que huías contra tu voluntad, no es algo de lo que los españoles estemos a salvo. Aunque lo creamos.

Por esa razón, la lucha contra los CIES no es una lucha por salvar a “unos pobres negros”. La lucha contra los CIES es una lucha para salvarnos de la ignominia más allá de los muros del CIE. Ignominia que, despacio pero sin pausa, se está extendiendo ya en Europa, en el Reino Unido, en el mar Mediterráneo, en las fronteras. Ignominia de la que, antes de lo que creemos y si no lo paramos, seremos víctimas nosotros mismos.

Dicen que hay que conocer la historia para no volver a repetirla. Yo creo que, sobre todo, hay que conocerla para aprender que no es irreversible.

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